
Una estrella tan grande como la Luna: el Sol con el móvil
El 12 de agosto la sombra de la Luna cruzó Groenlandia, Islandia y el norte de España, y durante un par de minutos una cantidad indeterminada de móviles europeos miró al Sol. Terminado el eclipse, todos volvieron a fotografiar la cena. El Sol siguió donde estaba. Es el único objetivo astronómico que no exige oscuridad, ni viaje a la sierra, ni luna nueva, ni despertador a las tres. A cambio pide una sola cosa, y esa no se negocia.
La primera regla no es fotográfica
La NASA lo escribe sin rodeos: mirar cualquier parte del Sol brillante a través del objetivo de una cámara, unos prismáticos o un telescopio, sin un filtro solar específico montado delante de la óptica, produce al instante una lesión ocular grave. El corolario pilla desprevenido a casi todo el mundo. Las gafas de eclipse certificadas según la ISO 12312-2 están pensadas para el ojo desnudo, y detrás de una óptica no protegen a nadie: los rayos concentrados queman la lámina antes de que uno se dé cuenta.
El móvil añade una segunda víctima, que es su propio sensor. También ahí el departamento fotográfico de la NASA es explícito: apuntado directamente al Sol se estropea como cualquier otro sensor, y más todavía si delante le habéis puesto una lente teleobjetivo que concentra aún más. Conviene fijarse además en qué cubre la certificación. La ISO 12312-2 se refiere a los visores para el ojo, y no certifica ningún filtro para objetivos fotográficos. Los filtros ND de la bolsa son otra cosa distinta: bajan la luz visible y dejan pasar el infrarrojo y el ultravioleta, justo la parte que no se ve venir.
Lo que hace falta es un filtro solar de verdad, en lámina o en vidrio, montado delante del objetivo y no detrás. Debe cubrir todas las cámaras activas, porque el móvil cambia de objetivo por su cuenta cuando le parece, y debe quedar sujeto de modo que una racha de viento no lo levante. Se pone antes de apuntar. Se quita después de girar el móvil hacia otro lado.
Una estrella tan grande como la Luna
Superada la parte antipática, los números son mucho más amables que los de los planetas. La ficha de la NASA asigna al Sol un diámetro aparente de 1919 segundos de arco a una unidad astronómica. La Luna mide 1896. Las dos cifras se parecen tanto que de ahí nacen los eclipses totales, y en el resto del sistema solar el truco no se repite.
Para quien fotografía con el móvil la consecuencia es inmediata. En el gran angular principal, donde un píxel cubre unos 74 segundos de arco, el disco solar ocupa veintiséis píxeles: una cabeza de alfiler en mitad de un fotograma vacío. En el tele de 120 milímetros equivalentes, a 15,3 segundos de arco por píxel, se extiende sobre ciento veinticinco, casi exactamente lo que alcanza la Luna con ese mismo objetivo. A plena resolución ambas cifras se duplican. Poco para un retrato, de sobra para un disco limpio con el borde afilado.
Las manchas, contadas en píxeles
Un disco liso cansa enseguida, y lo que se busca son las manchas. La NASA describe el núcleo oscuro de algunas manchas como más grande que la Tierra, y explica por qué parecen negras: dentro de una mancha grande la temperatura baja hasta unos 4000 grados frente a los 5400 de la superficie visible, así que emite menos luz que su entorno y el contraste hace el resto.
El radio solar mide 695.700 kilómetros, o sea un diámetro de casi un millón cuatrocientos mil. La Tierra se queda en doce mil setecientos. Trasladad la proporción a los 1919 segundos de arco del disco y una mancha tan ancha como nuestro planeta ocupa diecisiete y medio: en el tele del móvil es un píxel, píxel y medio como mucho, prácticamente nada. Un grupo tres o cuatro veces más ancho que la Tierra llega a los sesenta segundos de arco, es decir cuatro píxeles a doce megapíxeles y una decena a plena resolución. Ese sí se ve: un punto oscuro sobre el disco, inconfundible, que al día siguiente se ha movido.
De ahí el pronóstico honesto. Los grupos grandes sí, los pequeños no, la granulación de la fotosfera ni en sueños. El número de manchas sube y baja a lo largo del ciclo de once años, así que hay semanas en las que el disco es un plato blanco y mañanas en las que encontráis cuatro grupos de golpe.
Aquí la exposición funciona al revés
Cualquier otra noche bajo el cielo es una pelea por recoger fotones. Aquí sobran, y el oficio se da la vuelta. Con el filtro solar puesto, la exposición correcta cae en tiempos brevísimos y sensibilidad base, el ruido desaparece de la conversación y el trípode se gana el sueldo con el encuadre más que con la estabilidad.
El automatismo se equivoca de forma previsible. La medición mira el fotograma entero, y el fotograma es negro salvo ese disquito: el móvil deduce que la escena está oscura, abre, y el Sol sale como una mancha blanca sin borde. Bastan dos gestos. Se bloquea la exposición sobre el disco y se baja la compensación hasta que el limbo se convierte en una circunferencia cortada a cuchilla. A partir de ahí no se toca nada más, y se dispara en RAW.
El enfoque también cambia de carácter. En la oscuridad el autofoco no tiene de dónde agarrarse y hay que llevarlo a infinito a mano; con el filtro montado, el borde del disco es un salto de contraste brutal, justo el tipo de detalle que el autofoco resuelve bien. Tocad el limbo en la pantalla, dejad que enganche y bloqueadlo.
El aire del mediodía juega en contra
Los solaristas madrugan por algo. El peor seeing de las veinticuatro horas, como recuerda Sky & Telescope, cae por la tarde, cuando el suelo lleva todo el día acumulando calor y lo devuelve en columnas de aire que suben delante de vuestro objetivo. Las mejores horas son las que siguen al amanecer, antes de que el paisaje se caliente. El Sol está disponible doce horas al día y dos valen la pena.
Contra el aire que tiembla se usa el truco de los planetas: se graba un vídeo, se conservan solo los fotogramas nacidos en el instante en que la columna de aire se quedó quieta y se apilan esos. El lucky imaging funciona en el Sol por el mismo motivo por el que funciona en Júpiter, con la ventaja de que aquí hay tanta luz que las poses cortísimas no cuestan nada.
Ganar escala, con telescopio o con una cartulina
Ciento veinticinco píxeles siguen siendo ciento veinticinco píxeles, y la única manera de tener más es poner delante del móvil una óptica que amplíe. Vale la toma afocal de los planetas, con una diferencia que lo decide todo: el filtro va sobre la abertura del telescopio, delante, cubriendo el diámetro entero. La cuenta del aumento útil sale aquí insólitamente cómoda. A cien aumentos la escala baja a 0,15 segundos de arco por píxel y el disco saldría de trece mil píxeles de ancho, tres veces fuera del encuadre. Hacia los treinta aumentos el Sol llena el lado largo de la imagen y todavía cabe. Por una vez el objetivo es demasiado grande.
Queda el camino que no pone ningún ojo en juego: la proyección. Se apunta un telescopio pequeño o unos prismáticos hacia el Sol sin mirar por ellos, se sostiene una cartulina blanca a medio metro del ocular, y en la cartulina aparece el disco con sus manchas, tan grande como queráis. El móvil fotografía la cartulina, un sujeto iluminado como cualquier otro. Dos reglas firmes: nadie acerca el ojo al ocular mientras el instrumento está apuntado, y el instrumento no se queda ahí cociéndose media hora.
Dos semanas para cruzar el disco
El Sol gira sobre sí mismo en 609 horas según la NASA, poco más de veinticinco días. Visto desde la Tierra, que mientras tanto le da vueltas en el mismo sentido, el periodo aparente se estira hasta los veintisiete días escasos, y una mancha tarda por tanto unos quince días en recorrer la cara iluminada de un borde al otro. Una foto al día durante dos semanas, siempre a la misma hora, y tenéis una película de la rotación de una estrella rodada desde el balcón de casa.
Un último número, para quien encuadra apretado. El Sol corre a la misma velocidad que las estrellas, quince segundos de arco por segundo, y cruza su propio diámetro en algo más de dos minutos. A una milésima no hay trepidación que valga. En el tele, eso sí, el encuadre se os escapa a un píxel por segundo.
Si todo esto os parece un preámbulo largo para un puntito blanco, apuntad la fecha: el 2 de agosto de 2027 la sombra de la Luna vuelve a Europa por el sur de España y sigue hacia el norte de África, y cerca de Luxor la totalidad durará 6 minutos y 22 segundos, la más larga sobre tierra firme hasta 2114. Quien llegue allí con el filtro ya montado y la exposición ya ensayada habrá pasado el año anterior fotografiando la misma estrella en los días en que nadie le hace caso.
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