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Júpiter mide tres píxeles: fotografiar los planetas con el móvil (Imagen generada con IA)
Imagen generada con IA

Júpiter mide tres píxeles: fotografiar los planetas con el móvil

El teleobjetivo de cinco aumentos parece hecho para esto. Apuntas al punto más brillante de la noche, bloqueas el enfoque, disparas. En la pantalla aparece una bolita blanca, quemada, lisa como una canica. Has fotografiado Júpiter, en sentido literal. Del planeta no queda nada: ni bandas, ni sombras de satélites, ni siquiera el achatamiento polar que se ve en cualquier dibujo del siglo diecinueve. Esta vez el ruido y el cielo urbano son inocentes. La culpa es de un número, y conviene mirarlo de frente cuanto antes.

Un planeta es mucho más pequeño de lo que parece

Las fichas de la NASA dan a la Luna un diámetro aparente medio en oposición de 1896 segundos de arco, algo más de medio grado. Júpiter, el gigante, se queda en 46,9 en las mismas condiciones, oscilando entre 50,1 y 30,5 a lo largo del ciclo de oposiciones. Saturno va de 14,5 a 19,9, con 18,8 como valor en oposición. Marte alcanza 25,6 solo cuando el encuentro es de los buenos, y la mayor parte del tiempo anda por un tercio de eso. Venus se lleva el récord con 66,1, justo cuando es una creciente finísima casi alineada con el Sol.

Haz la división y tu objetivo deja de ser el culpable: el planeta más grande cabe cuarenta veces dentro de la Luna. Saturno recupera algo gracias a los anillos, cuyo borde exterior corre a unos 2,25 radios planetarios, de modo que el sistema completo ocupa poco más de cuarenta segundos de arco en las noches buenas. Aun así seguimos en tamaños que el ojo desnudo archivaría sin dudar entre las estrellas.

Tres píxeles, y ahí se acaba

Ahora la escala de tu sensor. Un archivo de 12 megapíxeles mide 4032 píxeles de ancho, lo que equivale a 8,9 micrómetros por píxel una vez llevado al formato completo. En el centro del encuadre, un píxel cubre 206265 veces ese paso dividido por la focal equivalente, y en el tele de 120 milímetros equivalentes salen 15,3 segundos de arco por píxel.

La cuenta se cierra sola. Júpiter, en su mejor momento, ocupa tres píxeles. El disco de Saturno pasa apenas de uno, sus anillos no llegan a tres. Marte, en la oposición más favorable que verás en tu vida, se lleva un píxel y medio. La Luna, con el mismo objetivo, se extiende sobre ciento veinte, y por eso exactamente la Luna sale bien con el móvil mientras los planetas siguen siendo puntos. Disparar a resolución completa duplica todas las cifras y no cambia la sentencia. Seis píxeles siguen siendo seis píxeles.

Aquí no falta luz, falta escala

Aparca por una noche todo lo que te enseñó el cielo profundo. En una nebulosa la señal es escasa y se gana acumulando: tomas cortas, cientos de ellas, apiladas hasta que el ruido se retira. Un planeta juega en otra liga. Está a pleno sol, está cerca, y en el campo de un telescopio se comporta como una farola. La exposición baja a fracciones de segundo, la sensibilidad vuelve a su valor base, el ruido deja de ser el protagonista de la noche. Cambia el enemigo y cambia el oficio.

El móvil mira dentro del ocular

La única manera de ganar escala es anteponer al móvil una óptica que ya la tenga. Se llama toma afocal: telescopio y ocular forman una imagen en el infinito, el objetivo del móvil la mira como miraría un paisaje lejano, y el aumento es sencillamente la focal del telescopio dividida por la del ocular. Un refractor de 1000 milímetros con un ocular de 10 da cien aumentos. Tu escala de píxel se divide por cien: de 15,3 segundos de arco a 0,15. Júpiter salta de tres píxeles a más de trescientos.

Antes de encargar el ocular más corto del catálogo, dos frenos. El primero es la difracción, que depende solo del diámetro y vale más o menos 1,22 veces la longitud de onda dividida por ese diámetro: a 550 nanómetros, un telescopio de cien milímetros separa detalles a 1,4 segundos de arco. Caben así unos treinta detalles distintos a lo ancho de los cuarenta y siete segundos de arco de Júpiter, y con dos píxeles por detalle basta para registrarlos. Un disco de cien píxeles de ancho ya contiene todo lo que la óptica puede dar; llevarlo a mil es ampliar el vacío. El segundo freno es la pupila de salida, es decir el diámetro dividido por el aumento: tiene que caber en la pupila de entrada del objetivo del móvil, que mide unos pocos milímetros. Por debajo de unos veinte aumentos el haz sobra por todas partes y las esquinas se apagan.

Queda la parte aburrida, la que de verdad decide la noche. El eje del objetivo del móvil debe apoyarse sobre el del ocular con precisión de fracciones de milímetro, y quedarse ahí mientras el planeta se desplaza por el campo. A pulso es una lotería que pierdes casi siempre. Un soporte rígido con tres ajustes independientes pesa aquí más que cualquier otra pieza de equipo.

El aire hace más daño que un cielo claro

Tu telescopio de cien milímetros promete 1,4 segundos de arco de resolución. Que te los conceda lo decide la atmósfera. El ESO mide en Paranal, uno de los mejores emplazamientos del planeta, un seeing mediano en torno a 0,64 segundos de arco, y considera excepcional el dieciséis por ciento de noches que bajan de medio segundo. Ese es el techo de la humanidad, conseguido a 2600 metros en el desierto de Atacama. Desde tu balcón, sobre tejados que devuelven el calor acumulado durante el día, Júpiter hierve como una moneda en el fondo de una piscina.

De ahí nace la técnica que los planetarios usan desde hace veinte años y que el móvil ejecuta sorprendentemente bien: se graba vídeo. Sesenta fotogramas por segundo durante dos minutos dan siete mil imágenes del planeta, cada una congelada en dieciséis milésimas de segundo, más rápido que el temblor del aire. Entre todas ellas hay unos cientos que pillaron el instante en que la columna de aire sobre tu cabeza se calmó. El software las reconoce, tira el resto y apila solo las mejores. El lucky imaging es el live stacking del revés: allí se guarda todo para recoger luz, aquí se tira el noventa por ciento para recoger nitidez.

Dos minutos, y Júpiter ya ha girado

Hay un cronómetro que nadie menciona. Júpiter da una vuelta sobre sí mismo en 9,9 horas, el día más corto del sistema solar. En tres minutos su superficie recorre 1,8 grados de longitud, que en el centro del disco equivalen a tres cuartos de segundo de arco de desplazamiento aparente: por debajo del seeing de una noche normal y, por tanto, invisible. A los seis minutos la cosa cambia y la Gran Mancha Roja empieza a estirarse a lo largo de su paralelo. Dos o tres minutos de vídeo son el techo honesto para Júpiter. Saturno gira más despacio y muestra menos detalle fino, así que perdona; Marte, con sus veinticuatro horas largas por rotación, te deja trabajar con calma.

Lo que te llevas a casa de verdad

Por dificultad creciente. Las dos bandas ecuatoriales de Júpiter y los cuatro satélites galileanos salen con ochenta milímetros de diámetro y una noche mediocre, y es el resultado que convierte a más gente a la planetaria que ningún otro. Los anillos de Saturno despegados del disco llegan poco después; la división de Cassini exige aire quieto y al menos ciento veinte. El casquete polar de Marte aparece solo en las buenas oposiciones, que vuelven cada dos años y dos meses y no son todas iguales. Venus da una fase y nada más, lo que la convierte a la vez en el objetivo más fácil y en el más soso de la lista. Mercurio, bajo sobre el horizonte y dentro de lo peor de la atmósfera, queda para los abonados a la frustración.

El salto de verdad no es óptico, es de categoría. En el cielo profundo se pelea contra la oscuridad con paciencia; en los planetas se pelea contra el aire con velocidad. El mismo móvil, la misma noche, dos oficios que no se parecen en nada. Y cuando el aire tiembla tanto que las estrellas bailan a simple vista, sigue habiendo un blanco de dos mil segundos de arco al que todo esto le da igual: apunta a la Luna y salva la noche.

#astrofotografía#móvil#planetas#telescopio#técnica

Transparencia: Este artículo fue escrito por la redacción automática de 3SIGNUM (claude-opus-5). Está escrito en el manifiesto, no es un secreto.

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