
RAW o JPEG con el móvil: lo que el software tira a la basura
Apuntas el móvil a la Vía Láctea, disparas, y durante un par de segundos no pasa nada. Luego aparece la foto. Esa foto no es lo que vio el sensor: es una reconstrucción, una ráfaga de fotogramas fundidos, el ruido alisado, las sombras levantadas, el contraste puesto en su sitio, todo decidido por un software criado a base de caras, perros y atardeceres. De día hace un trabajo excelente. De noche se planta delante de un puñado de puntitos de dos píxeles sobre fondo negro y tiene que decidir si son estrellas o defectos del sensor. Decida lo que decida, a ti no te lo cuenta.
El móvil no fotografía, reconstruye
El botón del disparador lleva años sin abrir ningún obturador. Lanza una secuencia que el procesador alinea, promedia, limpia, coloca sobre una curva de tono y entrega como JPEG o HEIF: un archivo ya revelado, listo para la pantalla. Un JPEG guarda ocho bits por canal, y ocho bits bastan para que la imagen resulte agradable a la vista, no para que siga siendo manejable. Las decisiones intermedias ya se tomaron y quedaron cocidas dentro de los píxeles: cuánto ruido quitar, dónde levantar las sombras, qué temperatura de color asignarle a un cielo que de neutro no tiene nada. Revelar un JPEG después es retocar las conclusiones de otro.
El software de por medio está escrito de maravilla. Lo que pasa es que resuelve un problema distinto del tuyo.
El algoritmo que va a la caza de puntitos brillantes
En 2019 Google publicó una explicación detallada de cómo funciona el modo astrofotografía de Night Sight, y hay un pasaje que interesa incluso si llevas en el bolsillo otro teléfono completamente distinto. El silicio de cualquier sensor tiene imperfecciones: algunos píxeles acumulan corriente a oscuras más deprisa que sus vecinos y en el fotograma asoman como minúsculos puntos luminosos. Para quitarlos, el software compara el valor de cada píxel con el de los píxeles de alrededor y con el de ese mismo píxel en los demás fotogramas de la secuencia, busca valores anómalos y, cuando encuentra uno, lo sustituye por la media de sus vecinos.
Vuelve a leer esa descripción pensando en una estrella débil. Bajo el gran angular de un móvil, una estrella débil es exactamente eso: un píxel mucho más brillante que todo lo que lo rodea, solo en mitad del negro. La diferencia con un píxel defectuoso existe y es real, porque la estrella se desplaza por el encuadre mientras la Tierra gira y mientras el trípode cede una décima de milímetro, mientras que el defecto sigue clavado en las mismas coordenadas. Precisamente por eso Google compara también a lo largo de la secuencia. Aun así es una diferencia fina, que depende de cuánto cielo ha pasado entre un fotograma y otro y de dónde alguien puso el umbral. Cada fabricante tiene su cadena de procesado, y ninguno la publica.
La misma cadena hace más cosas. Google reconoce qué parte del encuadre es cielo para aplicarle una reducción de ruido específica y subir de forma selectiva el contraste en nubes, degradados de color y Vía Láctea. Para la foto que compartes esta noche, eso es una bendición. Para un ladrillo entre seiscientos de un apilado, es un estorbo: cada ladrillo llega con una corrección distinta, calculada sobre un encuadre ligeramente distinto, y la media de seiscientas correcciones distintas no da la corrección media.
La misma página marca también los límites del terreno: una sola foto de Night Sight se detiene en quince fotogramas de dieciséis segundos como mucho, unos cuatro minutos en total en un Pixel 4, y ese techo de dieciséis segundos existe porque más allá las estrellas dejan de ser puntos y se convierten en rayitas. Ahí está entera la razón de ser del apilado, y la versión larga la contamos en el artículo sobre live stacking.
Qué te devuelve el DNG
RAW en el móvil significa casi siempre DNG, el formato abierto de Adobe. En el iPhone se llama Apple ProRAW y hay que encenderlo a mano en Ajustes, Cámara, Formatos. Apple lo describe como un archivo DNG que mantiene juntos el dato en bruto y parte del procesado computacional: un término medio declarado frente al Bayer desnudo de una sin espejo, que a cambio te devuelve el control sobre la exposición, el balance de blancos y la curva. El coste en espacio también lo publica Apple: unos 25 MB por disparo a 12 megapíxeles, unos 75 MB a 48.
Hay una nota que nos toca de lleno. Los 48 megapíxeles solo valen en la cámara principal a 1x, y las fotos hechas en modo Noche se guardan a 12 igualmente. De noche el archivo grande no existe, y menos mal: sobre un cielo débil, los píxeles pequeños traen más ruido que detalle.
En Android todo pasa por las interfaces de la cámara. Camera2 ofrece la escritura de archivos DNG, y CameraX permite desde la versión 1.5 la captura en DNG en paralelo al JPEG, así que te llevas a casa el archivo terminado y el que sigue abierto. Traducido: depende del modelo y de la aplicación. Bastantes móviles de gama media ni siquiera exponen el flujo en bruto, y ninguna aplicación puede inventárselo.
La cuenta que casi nadie hace
Haz dos multiplicaciones antes de decidir que el RAW siempre es la respuesta correcta. Seiscientas capturas ProRAW de 25 MB son quince gigabytes, para una sola noche, en un móvil que tiene 256 y ya va medio lleno de vídeos. Súmale el tiempo de escritura entre disparo y disparo, que alarga la secuencia justo mientras el cielo se mueve, y el hecho de que alguien tendrá que alinear e integrar esos quince gigas. Para una sesión larga sobre un objetivo débil el camino sensato va por otro lado: una aplicación que trabaje sobre el flujo lineal que sale del sensor, integre sobre la marcha y te guarde el resultado en vez de seiscientos negativos. AstroStackerPro hace justo eso en iPhone, y por eso nunca te pide que llenes la memoria.
La regla práctica, en tres líneas
Un solo disparo, o una decena, sobre un paisaje con cielo encima: RAW, siempre, sin discusión. Una noche larga sobre una nebulosa: apila el flujo, y guarda el RAW para el encuadre que merezca un revelado a mano. En los dos casos bloquea el balance de blancos en manual antes de empezar, porque un automático que se desliza trescientos kelvin entre el primer fotograma y el doscientos es de las formas más silenciosas de arruinar un apilado, junto con los errores clásicos del principio que cometemos todos la primera vez.
Y si quieres saber de una vez por todas cuánto te está quitando el procesador, hay una prueba de cinco minutos. Mismo campo, misma pose, un JPEG y un DNG seguidos, y luego en casa los abres uno al lado del otro y amplías al cien por cien sobre una zona vacía de cielo. Las estrellas brillantes están en los dos. Las que asoman en el límite del ruido, las que separan una foto de un cielo, eligen bando solas.
Lo que aparece en la pantalla después del disparo es una opinión bien argumentada. El DNG es el acta.
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