
El apilado ha terminado y la imagen sigue negra: el estirado explicado
Cuatrocientas tomas integradas, la batería por la mitad, los dedos ya sin tacto. Guardas el apilado, abres el archivo y te encuentras un rectángulo casi negro con una docena de puntitos dentro. El primer impulso es culpar a la noche. Pero el archivo está lleno: la galaxia está ahí, metida en una franja de valores tan estrecha y tan pegada al cero que ninguna pantalla la va a sacar sola. Falta el último paso, ese que todos llaman estirado y que en realidad consiste en abrir el histograma. Coges esa franja y la repartes por toda la escala. Parece un remate. Es el momento en que se tiran a la basura la mayoría de las buenas sesiones.
El sensor cuenta, el ojo interpreta
Un fotosito hace una sola cosa: cuenta fotones y devuelve un número. Ese recuento es lineal, y la linealidad es una virtud, porque mil fotones valen exactamente el doble que quinientos, a las nueve de la noche igual que a las tres de la madrugada. Tu percepción funciona de otra manera. La CIE define la claridad percibida L* como una raíz cúbica modificada de la luminancia, L* = 116·(Y/Yn)^(1/3) − 16 por encima de un umbral pequeño, con un tramo lineal corto cerca del negro. La consecuencia práctica la conoces sin necesidad de fórmula: una superficie que devuelve el dieciocho por ciento de la luz de otra te parece aproximadamente la mitad de clara.
De ese desajuste sale todo lo demás. Cualquier imagen destinada a una pantalla se codifica con una curva que lo compensa, y el estándar sRGB (IEC 61966-2-1) lo hace con un tramo lineal cerca de cero y después una ley de potencia con exponente 2,4, que en conjunto se aproxima al famoso gamma 2,2 del que se habla desde hace treinta años. Tus fotos diurnas ya han pasado por ahí, más un puñado de curvas de tono que el fabricante decidió antes de que tú vieras el archivo. Tu apilado sigue siendo lineal. Honesto, completo y prácticamente ilegible.
Aquí nadie está inventando fotones
Conviene quitarse de encima una sospecha cuanto antes: el estirado no añade nada a la imagen. Es una reasignación de tonos, una tabla que dictamina que el valor 400 pasa a llamarse «treinta por ciento», y ahí se acaba el truco. La señal que no recogiste en el campo se queda fuera del archivo, esta noche y siempre. La que sí recogiste, comprimida en dos centésimas de la escala, se despliega por toda la altura de la pantalla.
En un apilado de dieciséis bits de una noche decente el fondo de cielo suele quedarse entre el cero y el dos por ciento de la escala, con la nebulosidad débil justo encima. Pedirle a una pantalla que muestre esas diferencias tal cual es pedirle que distinga negro de negro. El estirado traslada el problema a la zona donde tu ojo trabaja bien, y en esa zona el ojo es un instrumento sorprendentemente fino.
El histograma es la única herramienta seria
Cierra la vista previa y abre el histograma. Lo que aparece es un pico estrechísimo soldado al borde izquierdo, y ese pico es el fondo de cielo: millones de píxeles que contienen la misma casi-nada. Hacia la derecha corre, a ras de suelo, la cola de las estrellas. Aquello por lo que saliste, los brazos espirales o el filamento de nebulosa, se apoya en el flanco derecho del pico y en el gráfico apenas se adivina.
De ahí en adelante se trabaja con tres controles, los llame como los llame tu aplicación: punto negro, tono medio, punto blanco. El tono medio hace el trabajo pesado, porque dobla la curva hacia arriba y levanta las sombras dejando quietos los extremos. El punto blanco se usa poco y se mueve con tacañería. El punto negro es el que arruina imágenes.
La regla que salva las nebulosas débiles
El punto negro nunca debe morder el pico. Arrastrarlo a la derecha hasta que el fondo se vuelva negro pleno da una satisfacción inmediata, el cielo parece limpio y el contraste aparece de golpe, y de paso borra la parte más frágil de tu señal, que vivía precisamente ahí, apoyada en el flanco izquierdo de la distribución. Una vez puesta a cero, esa zona no vuelve. Ninguna curva posterior rescata valores que ahora son uniformemente nulos.
La práctica habitual entre quienes procesan cielo profundo es mantener el fondo de cielo despegado del tope, alrededor de una décima parte de la altura del histograma. Un cielo gris oscuro te va a parecer un error durante diez minutos largos. Después caerás en la cuenta de que es el único que todavía guarda algo que sacar, y empezarás a ver que las imágenes astronómicas que te gustan tienen casi todas un fondo medible con el cuentagotas.
Cinco empujones pequeños ganan a un tirón
La tentación es llevar el control a su sitio de una sola vez. El resultado se reconoce a diez metros: núcleos estelares blancos e hinchados, halos alrededor de las brillantes, un grano engordado hasta formar manchas que el cerebro acepta encantado como detalle. Ve por etapas. Una curva suave, un vistazo a las estrellas, otra curva suave.
Entre pasada y pasada vigila dos cosas. El pico del histograma, que debe desplazarse a la derecha poco a poco, y los núcleos de las estrellas más brillantes: en el instante en que saturan, su color se pierde. Cinco pasadas tímidas llegan más lejos que una agresiva, porque cada vez corriges el rumbo sobre el resultado que tienes delante en lugar de sobre la intención con la que empezaste.
El gradiente que aparece a mitad de camino
En algún punto de la subida ocurre casi siempre lo mismo: una esquina del encuadre se pone naranja. No ha aparecido ahora, estaba desde el principio. Es la contaminación lumínica del pueblo más cercano, una rampa suavísima que en el archivo lineal valía unos pocos niveles y que tu curva acaba de multiplicar junto con todo lo demás.
Aquí el orden de las operaciones decide el desenlace. Los gradientes se quitan primero, mientras la imagen sigue siendo lineal y su forma sigue siendo un plano inclinado fácil de modelar. Después del estirado esa misma rampa se ha convertido en una superficie curva, y cualquier herramienta de eliminación hará un trabajo peor, dejando cercos claros donde había un degradado. Quien fotografía desde un balcón urbano aprende esta secuencia por las malas, normalmente después de sacrificar dos o tres apilados prometedores.
Con ocho bits se acaba el sitio
Si el archivo que vas a estirar es un JPEG, para un segundo. Ocho bits por canal dan 256 niveles en total, y el fondo de cielo con la nebulosidad encima ocupa quizá veinte. Repartir veinte niveles entre doscientos cincuenta y seis significa fabricar doscientos treinta y seis valores que nunca estuvieron en el archivo: el software los interpola, y en pantalla aparece el bandeado, esos escalones concéntricos que cantan muchísimo en un cielo degradado. Con dieciséis bits esos mismos veinte niveles de partida se convierten en cinco mil, y hay margen para trabajar. La elección entre RAW y JPEG se juega antes de pulsar el disparador, y aguas abajo ya no se rescata.
El color es un dato, defiéndelo
Hay un efecto secundario que pilla a todo el mundo desprevenido: tras un estirado decidido la imagen pierde saturación. La curva comprime la parte alta de la escala, los tres canales se acercan entre sí y las estrellas se van hacia el blanco. El color estelar es una medida física, la temperatura de la fotosfera leída a través de tres filtros, y tirarlo por impaciencia es un desperdicio. La saturación se sube después del estirado, con las estrellas como referencia. Un campo donde el blanco azulado de Vega y el naranja de Aldebarán todavía se diferencian es un campo estirado con criterio.
Cuándo parar
El criterio existe y es visual. Amplía el fondo de cielo al cien por cien y míralo unos segundos. Mientras el grano siga siendo grano, fino y uniforme, todavía tienes recorrido. En cuanto empiece a apelmazarse en manchas blandas de varias decenas de píxeles, has pasado el punto en el que estirabas señal y estás estirando ruido. Cada pasada a partir de ahí empeora la imagen mientras aparenta mejorarla, que es el método más eficiente que se conoce para echar a perder una noche redonda.
El editor astronómico de AstroStackerPro sigue esta misma lógica: reducción de ruido, nitidez, saturación y eliminación de contaminación lumínica aplicadas a un apilado recién integrado, con todos los datos aún en casa. El apilado en vivo recoge los fotones, el estirado decide qué hacer con ellos. Del primer trabajo se encarga la máquina mientras tú tiritas junto al trípode. El segundo, de momento, es cosa tuya.
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