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Estrellas fugaces con el móvil: la noche en que apilar juega en tu contra (Imagen generada con IA)
Imagen generada con IA

Estrellas fugaces con el móvil: la noche en que apilar juega en tu contra

La lluvia lleva semanas marcada en el calendario. Sales, plantas el trípode, apuntas el móvil al noreste y dejas correr cuatrocientas tomas de ocho segundos hasta las tres de la madrugada. En casa lanzas el apilado y obtienes justo lo que promete el software: cielo limpio, estrellas puntuales, ruido casi desaparecido. Ni una sola estrella fugaz, y eso que a ojo habías contado once. El programa no ha fallado. Es la media, aplicada a un suceso que dura menos de un segundo.

Medio segundo de gas encendido a cien kilómetros

El cuerpo que intentas fotografiar suele ser más pequeño que un grano de arroz. Entra en la atmósfera a velocidades de entre 11 y 72 kilómetros por segundo: la IMO asigna 59 a las Perseidas y las clasifica entre las rápidas, mientras que las Gemínidas viajan a 35 y pasan por medias. El rozamiento con el que uno se calienta las manos poco tiene que ver aquí. El grano comprime el aire que tiene delante hasta ponerlo incandescente, su propio material se evapora y los átomos arrancados excitan el aire a lo largo del recorrido. Lo que ves es esa columna de gas, encendida por regla general entre los 80 y los 120 kilómetros de altura.

De esa altura sale el número que gobierna todo lo demás. Un objeto a cien kilómetros de distancia que se desplaza a 59 kilómetros por segundo de través a tu línea de visión barre algo más de medio radián por segundo, unos treinta grados. Vale para la geometría perpendicular, el mejor de los casos. La IMO escribe que un meteoro suele permanecer visible menos de un segundo. Junta las dos cosas y entenderás por qué una Perseida traza diez o quince grados de cielo y aun así parece instantánea.

Aquí la exposición larga juega en contra

En cielo profundo la regla es conocida: más tiempo de integración, más fotones, menos ruido relativo. Un meteoro le da la vuelta al razonamiento. La luz que deposita sobre un píxel llega en los milisegundos en que el trazo cruza ese píxel, y ni un instante más. El fondo de cielo, en cambio, sigue cargando durante toda la exposición. Duplica el tiempo: la señal del meteoro se mantiene idéntica mientras el fondo se duplica y su ruido crece la raíz de dos, así que el contraste del trazo empeora con cada segundo que pasa.

La conclusión es lo bastante contraintuitiva para quedarse en la cabeza: para los meteoros, la exposición corta trabaja mejor. El freno viene del otro lado y se llama tiempo muerto, porque entre una toma y la siguiente el móvil escribe el archivo y en esos momentos no mira nada. Ocho segundos de exposición con segundo y medio de escritura dan un ochenta y cuatro por ciento de ciclo útil: sobre tres horas de trabajo, veintiocho minutos de cielo que el sensor no ha visto nunca. El techo por arriba lo fija la rotación terrestre, y esos segundos, objetivo por objetivo, ya los contamos en su momento.

La media borra la excepción, y ese es su oficio

Ahora el punto doloroso. El apilado suma las tomas y divide por cuántas son: lo que aparece en todas sobrevive entero, lo que aparece una sola vez queda dividido por trescientos. Las estrellas están en todas. Un meteoro está en una. Sobre trescientas tomas su brillo cae a una trescentésima parte, otra forma de decir desaparecido.

El live stacking está haciendo exactamente el trabajo para el que nació. Su criterio es la repetición: conservar lo que vuelve idéntico toma tras toma y amortiguar el resto, y así es como se disuelve el ruido aleatorio. Bajo ese criterio, un meteoro no se distingue del impacto de un rayo cósmico, algo que aparece una única vez y hay que quitar de en medio.

El remedio tiene un nombre aburrido y un comportamiento sencillo: combinación por máximo. Para cada píxel se conserva el valor más alto de toda la secuencia en lugar de la media. Los meteoros se quedan todos, superpuestos sobre el mismo cielo. También se quedan los satélites, los aviones y los píxeles calientes, porque el máximo es un criterio tan obtuso como su nombre anuncia.

De ahí el procedimiento serio, que pasa dos veces por la misma secuencia: en media para el fondo de cielo limpio y las estrellas puntuales, en máximo para recortar de ahí solo los trazos que has decidido conservar. Después se funden las dos imágenes. Es un compuesto en toda regla, y en el pie de foto se declara.

Cuántos vas a ver de verdad

El ZHR de los titulares es una cifra de laboratorio. La IMO lo define como el recuento por hora de un observador ideal con el radiante en el cenit bajo un cielo de magnitud límite 6,5: las Perseidas valen 100 y las Gemínidas 150. Ninguna de las dos cifras llegará jamás a tu memoria interna, y por el camino hay tres recortes.

El primero es geométrico. La tasa observada escala con el seno de la altura del radiante, así que con el radiante a cuarenta y cinco grados queda un setenta por ciento escaso. El segundo es tu cielo: la corrección de la IMO divide por el índice de población de la lluvia, elevado a la diferencia entre 6,5 y la magnitud límite del lugar, y con un índice en torno a 2,2 bajo un cielo de 5,5 la cuenta se parte por más de la mitad. El tercero es el encuadre. Un objetivo de 24 milímetros equivalentes cubre unos setenta y cuatro grados por cincuenta y tres, algo más de una sexta parte de la bóveda celeste, y los meteoros fuera de campo no existen.

Treinta meteoros por hora sobre tu cabeza se convierten así en cinco dentro del fotograma, y de esos cinco el sensor retiene los más brillantes. Una noche de Perseidas bien organizada devuelve unos pocos trazos buenos sobre cuatrocientas tomas. El cielo rayado de las imágenes virales es casi siempre un compuesto de varias noches, a menudo de varias cámaras.

Adónde apuntar, y a qué hora

El radiante es pura perspectiva: las partículas viajan paralelas entre sí, y sus trazas parecen divergir de un punto igual que los raíles parecen juntarse en el horizonte. Apuntarlo es el gesto instintivo y el peor. Allí los meteoros llegan casi de frente, la perspectiva acorta los trazos y solo quedan rayitas de dos grados. A noventa grados del radiante las trazas son larguísimas, pero la densidad por grado cuadrado se hunde. El compromiso que funciona está treinta o cuarenta grados al lado, con el encuadre bien por encima de los cuarenta grados de altura, donde la atmósfera absorbe menos.

Con la hora no hay negociación. Lo que cuenta es la altura del radiante, y en casi todas las lluvias crece en la segunda mitad de la noche. El radiante de las Perseidas está a declinación +58: desde España no se pone nunca, aunque al anochecer roza el horizonte norte y solo culmina hacia el amanecer, que es justo cuando el seno trabaja a tu favor. Luego está la Luna, que ella sola pesa más que todo lo demás. Un disco iluminado a medias y aún alto durante el máximo te quita los meteoros débiles con la misma eficacia que una farola clavada a diez metros del trípode.

La parte aburrida que decide la noche

Gran angular, siempre: el teleobjetivo estrecha el campo y la probabilidad se desploma en la misma proporción. Enfoque bloqueado a mano sobre las estrellas y nunca más tocado. Balance de blancos fijo, o trescientas tomas derivando en temperatura de color te arruinarán tanto la media como el máximo. Entre seis y diez segundos según el objetivo, ISO lo bastante alto para mantener el fondo de cielo por encima del ruido de lectura, e intervalo entre disparos reducido al mínimo que permita la aplicación.

Después la logística, verdadera enemiga de estas noches. Cuatrocientos archivos RAW de unos veinte megabytes hacen ocho gigabytes, y por eso el JPEG sigue siendo una elección defendible cuando el objetivo de la velada es contar trazos. Tres horas de disparo continuo vacían la batería mucho antes del amanecer: batería externa y cable corto, y un ojo puesto en el rocío, que siempre elige el momento en que la secuencia va bien.

Meteoro, satélite o avión

Al primer repaso de los archivos la sorpresa es otra: los satélites superan a los meteoros, y por mucho. Bastan tres firmas para separarlos. Un meteoro vive en una sola toma, con un trazo que se enciende, culmina y se apaga. Un satélite aparece en tomas consecutivas, siempre alineado, con brillo plano y constante, y apilado por máximo reconstruye una recta que cruza medio encuadre. Un avión se delata solo: el trazo va a rayas porque las luces anticolisión parpadean, y a menudo lleva dos colores.

Por una noche el oficio se invierte. Todo lo que has aprendido dice sumar, promediar, quedarse con lo que se repite; la lluvia pide lo contrario, es decir, guardar la única toma en la que ocurrió algo y dejar marchar las otras trescientas noventa y nueve. Hazlo, y después vuelve tranquilamente a apilar. La Vía Láctea del fondo sigue esperando sus seiscientas tomas.

#astrofotografía#móvil#meteoros#técnica#live stacking

Transparencia: Este artículo fue escrito por la redacción automática de 3SIGNUM (claude-opus-5). Está escrito en el manifiesto, no es un secreto.

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