Saltar al contenido
El seeing no es tu problema: leer la meteorología astronómica con el móvil (Imagen generada con IA)
Imagen generada con IA

El seeing no es tu problema: leer la meteorología astronómica con el móvil

Cinco líneas de colores y una decisión que hay que tomar antes de las nueve de la noche: cargas el coche o te quedas en casa. Las aplicaciones de meteorología astronómica alinean nubes, seeing, transparencia, humedad y viento, y quien viene de la observación con telescopio ya sabe qué línea mirar primero. Con un móvil sobre el trípode el orden cambia bastante. El dato que casi todo el mundo consulta antes que ningún otro es justo el que menos te afecta.

El seeing mide un detalle que no tienes

El seeing es la agitación de la atmósfera: bolsas de aire a distintas temperaturas que desvían la luz de las estrellas cantidades minúsculas y las cambian diez veces por segundo. Es lo que hace que las estrellas titilen a simple vista. Se mide en segundos de arco, o sea en cuánto se desparrama la imagen de un punto, y el rango habitual para un aficionado va de dos a cuatro segundos de arco, suficiente para robarle a un telescopio buena parte del detalle que su óptica podría dar. Siguen circulando dos escalas históricas: la de Pickering, del 1 al 10, donde a partir de 8 se habla de condiciones excelentes, y la de Antoniadi, del I al V. Las dos nacieron para quien mira planetas por un ocular.

Ahora mira tu fotograma. El gran angular principal de un móvil, en torno a 24 milímetros equivalentes, cubre unos 74 grados en horizontal: repartidos entre cuatro mil píxeles salen algo menos de setenta segundos de arco por píxel. Un seeing de dos segundos mueve la imagen de una estrella una treintava parte de píxel. Una noche desastrosa de cinco segundos la mueve una treceava. La perturbación existe de verdad, y está tan enterrada bajo el tamaño del píxel que ninguna comparación entre dos tomas te la va a enseñar nunca.

La línea del seeing vuelve a pesar cuando el móvil deja de mirar solo. Apoyado en el ocular de un telescopio, en toma afocal, con Júpiter ocupando tres píxeles, la escala de imagen se vuelve cien veces más fina y el aire que hierve lo decide todo. Sobre el trípode, con el gran angular hacia el sur, esa línea la lees por curiosidad.

La transparencia es la línea que decide

La transparencia es otra cosa. Mide cuánta luz estelar llega al suelo atravesando una atmósfera que ya está despejada, y los pronósticos astronómicos la calculan sobre todo a partir del vapor de agua total de la columna de aire que tienes encima. Un cielo puede estar limpio de nubes y ser pésimo a la vez: calima espesa, ni una nube y un parte convencional que anuncia tan tranquilo «despejado».

Los números dan la escala del asunto. Con aire realmente limpio, a nivel del mar, la extinción atmosférica en el cenit cuesta unas 0,16 magnitudes, y una estrella a treinta grados de altura pierde 0,32 porque su luz atraviesa el doble de aire: le queda el 74 por ciento del brillo. Ese es el mejor caso posible, el aire de manual. Añade humedad, partículas en suspensión, los restos de una ola de calor, y la pérdida crece sin que el ojo se entere, porque el ojo se acostumbra a todo.

Para quien apila tomas con el móvil, la mala transparencia hace dos destrozos de una vez. Le quita señal al objetivo y, mientras tanto, convierte cada farola del valle en una lámina difusa que levanta el fondo de cielo. El resultado es ese gris plano que sigue ahí igual después de trescientos fotogramas: el promediado borra el ruido aleatorio, mientras que un fondo de cielo alto es señal real, estable de una toma a otra, y la aritmética del apilado lo suma con la misma diligencia con la que suma las estrellas. Las galaxias y las nebulosas son objetos de bajo contraste y necesitan transparencia por encima de la media para asomar siquiera. A la Luna, en cambio, casi le da igual.

Las nubes que el parte llama cielo despejado

Los cirros son el enemigo que nadie ve venir. Altos, finos, invisibles en la oscuridad hasta que una estrella brillante empieza a llevar un halo alrededor, y en un pronóstico normal desaparecen dentro de la palabra «despejado». En el apilado, en cambio, aparecen puntuales: estrellas hinchadas, fondo que sube a oleadas, contraste que se marcha.

Este problema tiene un padre reconocido. En el año 2000, Allan Rahill, meteorólogo del Canadian Meteorological Centre y astrónomo aficionado, levantó sobre el modelo GEM del centro un pronóstico de nubosidad pensado para la astronomía, con especial atención a la formación de cirros, y en los años siguientes le añadió la previsión de transparencia y la de seeing. En 2001, Attilla Danko cogió sus cientos de mapas y los comprimió a un píxel por hora, ordenados en filas: son los Clear Sky Charts que mucha gente sigue abriendo hoy. La lógica de esas filas sirve para la aplicación que prefieras, porque casi todas publican las mismas magnitudes.

El viento que importa sopla a la altura del pecho

Los pronósticos para astronomía dedican mucho espacio a la altura. Meteoblue, por ejemplo, marca como desfavorables las corrientes en chorro por encima de 35 metros por segundo y por debajo de 5, y señala las capas problemáticas donde el gradiente térmico supera el medio grado cada cien metros. Información valiosa para quien trabaja a focal larga. Para ti es guarnición.

El viento que te arruina la noche sopla a ras de suelo, contra el trípode. En una toma de ocho segundos una racha desplaza el encuadre entero, y en el fotograma sale movido hasta el pueblo del fondo del valle. Reconocerlo es fácil, porque las trazas de vibración apuntan en direcciones distintas de una toma a otra, mientras que la rotación terrestre dibuja trazos todos paralelos y todos de la misma longitud. Columna central bajada, mochila colgada debajo, un muro o el coche haciendo de cortavientos: tres gestos que valen más que cualquier ajuste. Los fotogramas movidos se tiran antes de apilar, porque una sola toma trepidada dentro de un promedio de doscientas ensucia todas las demás.

El punto de rocío no es una sorpresa

El punto de rocío es la temperatura a la que el aire llega al cien por cien de humedad relativa. Bajo un cielo despejado y sin viento el suelo irradia calor hacia arriba toda la noche, la temperatura de las superficies baja, y en cuanto cae por debajo del punto de rocío el agua condensa sobre lo que encuentra: el parabrisas, las patas del trípode, la lente del móvil. La misma noche limpia que te convenció de salir es la que se enfría más deprisa.

En el pronóstico horario van dos curvas, temperatura y punto de rocío. Cuando empiezan a juntarse tienes una cuenta atrás en marcha, y por nuestra experiencia con menos de dos grados de diferencia conviene estar ya preparado. El resto de las contramedidas, desde la batería que se desploma con el frío hasta la banda antirrocío improvisada, está todo aquí.

La Luna también es meteorología

La Luna llena ronda una magnitud aparente de menos 12,7, bastante para ahogar la Vía Láctea desde cualquier punto del planeta. Ninguna aplicación la incluye entre las condiciones meteorológicas y, sin embargo, se comporta exactamente así: una fuente de luz en el cielo que cambia de una hora a otra siguiendo un horario publicado.

Lo útil son los horarios más que la fase. Un cuarto menguante que sale a la una te deja tres o cuatro horas de cielo limpio justo después del crepúsculo. Una luna creciente que se pone a las diez y media te regala toda la segunda mitad de la noche. A la fase se suma el crepúsculo astronómico, que termina cuando el Sol baja dieciocho grados por debajo del horizonte: antes de ese momento el fondo de cielo sigue levantado y los objetos débiles siguen ahogados dentro. A finales de junio, desde Madrid, esa ventana de oscuridad plena se queda en algo menos de cinco horas alrededor de las dos de la madrugada. Por encima de los 48,5 grados de latitud, de París hacia arriba, la geometría ya no concede nada: el Sol nunca baja lo suficiente y la noche astronómica desaparece del calendario durante algunas semanas.

El orden correcto para leer las filas

Primero las nubes, que son una condición binaria y cierran la conversación. Luego la transparencia, que decide si la noche es de nebulosas o de Luna y constelaciones. Después la ventana lunar, para saber qué horas valen algo. Después el viento a ras de suelo y la distancia entre temperatura y punto de rocío, que establecen cuánto vas a aguantar ahí fuera. El seeing el último, y solo si esa noche llevas el móvil al telescopio.

Hay una ventaja que el equipo serio no tiene: quien apila cientos de tomas cortas nunca se lo juega todo a una exposición única de veinte minutos. Una noche buena al sesenta por ciento sigue siendo una noche aprovechable, porque los fotogramas estropeados se descartan y los demás se suman igual. El pronóstico no decide por ti. Te dice qué horas de la noche merecen la gasolina y cuáles te conviene pasar durmiendo.

#astrofotografía#móvil#meteorología#transparencia#técnica#planificación

Transparencia: Este artículo fue escrito por la redacción automática de 3SIGNUM (claude-opus-5). Está escrito en el manifiesto, no es un secreto.

Sigue leyendo